Cola corta, cuerpo macizo, pelaje moteado y una mirada que recuerda más a un lince que a un gato doméstico. El Pixie-bob se vende a sí mismo con una leyenda tan buena que durante años se dio casi por hecho: que llevaba sangre de bobcat, el gato montés americano. La ciencia, sin embargo, tiene una versión bastante distinta.

Origen: la leyenda del bobcat

La historia oficial de la raza empieza en 1985, cuando la criadora Carol Ann Brewer, en las montañas Cascade del estado de Washington, adquirió un gato macho de campo con un aspecto muy particular: cola corta, pelaje atigrado moteado y varios dedos de más en las patas. Poco después, en enero de 1986, se hizo con otro macho, Keba, del que se decía que era hijo de un bobcat salvaje y que llegó a pesar unos 7,7 kg. Keba se cruzó con una hembra atigrada negra de una vecina, y una de las crías de esa camada, una gatita llamada Pixie, se convirtió en la fundadora de la raza que hoy lleva su nombre. Brewer siguió incorporando a su programa de cría otros gatos de la zona, hasta unos 23 ejemplares, todos ellos con ese mismo aire salvaje.

Aquí viene la parte incómoda para la leyenda: pruebas de ADN realizadas en 1996 no encontraron ningún marcador genético de bobcat en la raza, lo que sitúa al Pixie-bob como un gato genéticamente 100% doméstico, tan alejado del gato montés como cualquier otro gato de casa. Conviene decirlo con matices, eso sí: la metodología completa de aquellas pruebas nunca se hizo pública, así que tampoco hay forma de verificar el estudio al detalle. Lo que sí está claro es que TICA reconoce oficialmente al Pixie-bob como raza totalmente doméstica, y así lo trata también el resto de asociaciones felinas serias.

El reconocimiento llegó en distintas fases dentro de TICA: aceptación para exhibición en 1993, paso a «nueva raza» en 1996 y estatus de campeonato en 1998. Fuera de TICA, también lo reconocen la ACFA/CAA en Estados Unidos y la CCA-AFC en Canadá.

Aspecto físico: un cuerpo pensado para parecer salvaje

El rasgo que da nombre a la raza es su cola corta («bob» en inglés), de un mínimo de cinco centímetros, que lleva erguida y recuerda a la de un lince. A eso se suma una de las características más llamativas del Pixie-bob: la polidactilia, es decir, dedos de más en las patas, un rasgo habitual (aunque no obligatorio) en la raza.

El estándar pide una cabeza en forma de pera, considerada el elemento más importante a la hora de valorar a un ejemplar, con un hocico ancho y una trufa de color ladrillo. Los ojos son redondos, hundidos y normalmente de color marrón o dorado, aunque también se aceptan los verdes. El pelaje muestra un patrón atigrado moteado en tonos que mezclan negro con reflejos rojizos, albaricoque o melocotón, con la curiosidad de que la piel y el pelo de las almohadillas suelen ser negros y hay una zona de pelo blanco alrededor de los ojos. El estándar admite tanto la variedad de pelo corto como la de pelo semilargo.

En cuanto a tamaño, un Pixie-bob adulto puede llegar a los 5 kg, por encima de la media de un gato doméstico (en torno a 3,5 kg), aunque su complexión maciza y musculosa hace que dé la sensación de pesar bastante más de lo que marca la báscula.

Carácter: la fama no engaña, pero el aspecto sí

Pese a su pinta de pequeño felino salvaje, el Pixie-bob es de los gatos más sociables y afables que existen: inteligente, activo, valiente y encantado de compartir espacio con otros animales. Le gusta jugar a buscar y traer objetos, caminar con arnés y seguir a su familia por la casa. Uno de sus rasgos más característicos es que apenas maúlla; en su lugar, se comunica con gorjeos, chasquidos y pequeños gruñidos que sorprenden a quien lo escucha por primera vez.

Cuidados y salud

Es una raza de mantenimiento sencillo: un cepillado semanal suele bastar tanto en la variedad de pelo corto como en la semilarga, junto con la revisión habitual de oídos y uñas. En términos de salud se la considera, en general, una raza robusta, en parte gracias a que los criadores han recurrido con frecuencia a cruces con gatos domésticos no emparentados para mantener la diversidad genética, lo que reduce los problemas asociados a la consanguinidad. Aun así, se han descrito de forma ocasional algunos casos de miocardiopatía hipertrófica (de origen hereditario en buena parte de los casos, por lo que conviene que los ejemplares reproductores pasen ecocardiografías anuales), criptorquidia y complicaciones en el parto. Con buenos cuidados, un Pixie-bob puede vivir alrededor de 15 años.

Un aspecto salvaje, pero un pedigrí totalmente doméstico

Conviene no confundir al Pixie-bob con razas que sí llevan sangre de gato salvaje en sus venas, como el Savannah, cruzado con serval africano, o el Caracat, cruzado con caracal: en esos casos el parentesco salvaje es real y verificable genéticamente. El Pixie-bob, en cambio, comparte destino con el Toyger: dos razas que se criaron deliberadamente para parecer felinos salvajes, tigre en un caso y bobcat en el otro, pero que genéticamente son gatos domésticos de principio a fin.

¿Es el Pixie-bob la raza adecuada para ti?

Es una raza recomendable para quien quiere un gato con aspecto exótico pero un carácter perfectamente hogareño: sociable, juguetón y muy apegado a su familia, sin la reserva que sí muestran algunas razas de aspecto salvaje. También encaja bien en casas con otras mascotas, dado lo bien que suele llevarse con otros animales. Si lo que buscas es precisamente un gato con genética de felino salvaje de verdad, esta no es tu raza; si lo que te atrae es el aspecto sin renunciar a un compañero cien por cien casero, el Pixie-bob cumple exactamente esa función.